"El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos."
Henry F. Amiel
Ayer no fuí a trabajar, fue el día del mes que dedico a la administración de la casa: día de bancos, de cuentas por pagar, facturas, la renta, en fin, de todas aquellas cosas que hacen que el mes circule sobre rieles engrasados. Por este motivo, caminaba por las calles de mi colonia, con algún destino fijo cuando decidí cambiar la ruta, feliz acontecimiento porque de pronto el aire de llenó de un aroma dulzón, frutal. A unas calles de mi casa se encuentra una empresa embotelladora de refrescos, rezago de otras épocas, cuando esta colonia era considerada las afueras de la ciudad, una colonia tranquila y familiar de clase media. El aroma del bagazo de tamarindo siendo transportado al interior de la planta me tornó al pasado. Mi familia no era muy afecta a los refrescos embotellados ya que mi madre dedicaba tiempo a la preparación de aguas de frutas para nosotros. Naranjas agrias, sandías, jamaicas, horchatas, hojas de chaya, piñas, güanábanas y muchos otros sabores y colores que compiten en variedad a los que embotella esta empresa, pero cuya diferencia está en la carga de sensaciones y emociones que encierran.
Es curioso como funciona nuestra memoria olfativa, como relaciona cada olor con una emoción o recuerdo vivido, llegaron a mi mente mis tardes de grosella, mis playas de tamarindo y mis sueños de güayabas. El día se llenó de un brillo dorado e inmediatamente los ejes viales y el humo de los autos se transformaron en los paisajes marinos de mi infancia y una sonrisa me acompañó a lo largo de día.
Es curioso como funciona nuestra memoria olfativa, como relaciona cada olor con una emoción o recuerdo vivido, llegaron a mi mente mis tardes de grosella, mis playas de tamarindo y mis sueños de güayabas. El día se llenó de un brillo dorado e inmediatamente los ejes viales y el humo de los autos se transformaron en los paisajes marinos de mi infancia y una sonrisa me acompañó a lo largo de día.


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