"No hay nada que anime tanto el otoño como la visión de la despensa llena de tarros de ricas conservas."
Ramón Roselló
Si algo disfruto en esta vida es desayunar los domingos, cuando Quien-duerme-a-mi-lado y yo nos despertamos tarde, preparamos juntos el desayuno: café, huevos, jugos de frutas y tostamos pan, sobre el que derretimos mantequilla y mermelada.
Como no siempre me gustan los sabores que se encuentran el mercado hace un tiempo que aprendí a elaborarlas, y ya casi soy un experto, jeje.
Mi favorita -y más laboriosa de hacer- es la de mandarina, que hago a finales de año, todos los años. Su aroma, su color dorado y su sabor me resultan deliciosos. En temporada compro kilos y kilos de este cítrico y le dedico todo un día de laboriosa hechura. Desde el momento de escoger la fruta comienza el placer, y no termina con el envasado, pues se prolonga por días, en el aroma que inunda los rincones de la casa. Es mi favorita pero no descarto la de pera mezclada con un toque de jengibre, la de zarzamoras con memoria a clavos de olor y la tradicional manzana y canela. En ocasiones mis amigos me piden que les venda algunos frascos, a lo que me niego, para ellos siempre hay una dotación.
Hoy me sentía un tanto acongojado por la larga ausencia de Quien-duerme-a-mi-lado, así que abrí la nevera y descubrí cientos de colores que me reclamaban, brillantes y aromáticas frutas, pero decidí verme audaz y seleccioné algunas hortalizas, probé la acidez del tomate verde, el dulzor de la cebolla morada, el colorido de la zanahoria, el misterioso té negro -que tanto me recuerda a mi tierra- y hasta los rizados claveles se apersonaron para esta alquimia fascinante.
Todo un día de feliz cansancio, la satisfacción de alacenas repletas de golosinas. Ricuras para disfrutar en familia, hoy, como nunca, me siento al borde de la dicha, por lo logrado, por los momentos por venir.
Mi favorita -y más laboriosa de hacer- es la de mandarina, que hago a finales de año, todos los años. Su aroma, su color dorado y su sabor me resultan deliciosos. En temporada compro kilos y kilos de este cítrico y le dedico todo un día de laboriosa hechura. Desde el momento de escoger la fruta comienza el placer, y no termina con el envasado, pues se prolonga por días, en el aroma que inunda los rincones de la casa. Es mi favorita pero no descarto la de pera mezclada con un toque de jengibre, la de zarzamoras con memoria a clavos de olor y la tradicional manzana y canela. En ocasiones mis amigos me piden que les venda algunos frascos, a lo que me niego, para ellos siempre hay una dotación.
Hoy me sentía un tanto acongojado por la larga ausencia de Quien-duerme-a-mi-lado, así que abrí la nevera y descubrí cientos de colores que me reclamaban, brillantes y aromáticas frutas, pero decidí verme audaz y seleccioné algunas hortalizas, probé la acidez del tomate verde, el dulzor de la cebolla morada, el colorido de la zanahoria, el misterioso té negro -que tanto me recuerda a mi tierra- y hasta los rizados claveles se apersonaron para esta alquimia fascinante.
Todo un día de feliz cansancio, la satisfacción de alacenas repletas de golosinas. Ricuras para disfrutar en familia, hoy, como nunca, me siento al borde de la dicha, por lo logrado, por los momentos por venir.


0 comentarios:
Publicar un comentario