
Otra historia para sábado, cuento fantástico, fantasmagórico, mágico y nostágico.
La Ciudad
Rafael pérez Estrada
De noche dejo las ventanas abiertas para ver mejor la ciudad. Sus luces surgen esplendentes ahuyentando los fantasmas del miedo y dando la impresión de esa estética urbana que confunde en una sola todas las ciudades, trasladándolas a una extraña geografía metafísica. Sin embargo -me digo-, mi ciudad es distinta. Con una arquitectura sofisticada de rasgos modernistas, aparenta seguir las viejas costumbres burguesas.
Ya somos pocos los que la habitamos. Los antiguos pobladores, con los que en otros tiempos había coincidido en bancos y mercados, están muertos o son sólo sombras.
Como un anillo amenazante, los montes nos rodean. Somos una especie de isla cercada por altísimos y terribles montes. La gente empezó a huir cuando se supo que la precisa tipografía municipal y el servicio de catastro habían advertido que el anillo amenzante se iba cerrando sobre nosotros. Día a día la superficie de la ciudad iba disminuyendo.
Lo primero en desaparecer fue el aeropuerto. Su pista, casi de circo, fue, más que engullida, paladeada por una tierra devoradora y terrible. Durante algunos meses vimos -cosas de la querencia- al avioncito (casi un tranvía aéreo) volar desconcertado sobre la ciudad, como si le pareciera imposible haber perdido su lugar en el suelo. la memoria asocia el avión con las golondrinas que tampoco han vuelto.
A veces, al oír crujir las palabras de los arrabales ante el empuje de las rocas, el sueño se interrumpe. Ver allí abajo la ciudad iluminada, tranquiliza. Los amaneceres son más agrios, el cielo parece reducirse y la ausencia de aves sobrecoge.
Todo -dicen- acaba en fósil. Mas los que guardamos el recuerdo de sus calles asociado a una infancia hecha nostalgia, conservamos la esperanza de que algo pueda salvarse, al menos mientras la ficción se sostenga y las luces titilen en las madrugadas de frío y desasosiego. Sabemos que es falso, que las luces nada tienen que ver con la soledad de esa casas, pero verlas ahí, al borde mismo del sueño, realmente consuela.
Ya somos pocos los que la habitamos. Los antiguos pobladores, con los que en otros tiempos había coincidido en bancos y mercados, están muertos o son sólo sombras.
Como un anillo amenazante, los montes nos rodean. Somos una especie de isla cercada por altísimos y terribles montes. La gente empezó a huir cuando se supo que la precisa tipografía municipal y el servicio de catastro habían advertido que el anillo amenzante se iba cerrando sobre nosotros. Día a día la superficie de la ciudad iba disminuyendo.
Lo primero en desaparecer fue el aeropuerto. Su pista, casi de circo, fue, más que engullida, paladeada por una tierra devoradora y terrible. Durante algunos meses vimos -cosas de la querencia- al avioncito (casi un tranvía aéreo) volar desconcertado sobre la ciudad, como si le pareciera imposible haber perdido su lugar en el suelo. la memoria asocia el avión con las golondrinas que tampoco han vuelto.
A veces, al oír crujir las palabras de los arrabales ante el empuje de las rocas, el sueño se interrumpe. Ver allí abajo la ciudad iluminada, tranquiliza. Los amaneceres son más agrios, el cielo parece reducirse y la ausencia de aves sobrecoge.
Todo -dicen- acaba en fósil. Mas los que guardamos el recuerdo de sus calles asociado a una infancia hecha nostalgia, conservamos la esperanza de que algo pueda salvarse, al menos mientras la ficción se sostenga y las luces titilen en las madrugadas de frío y desasosiego. Sabemos que es falso, que las luces nada tienen que ver con la soledad de esa casas, pero verlas ahí, al borde mismo del sueño, realmente consuela.


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