jueves, 29 de abril de 2010

La creencia


"¿Es el hombre sólo un fallo de Dios, o Dios sólo un fallo del hombre?."
Friedrich Nietzsche
En fechas recientes las creencias -mis creencias- se han convertido en tema de discusión familiar. Por una parte me llega -a través de un tío- un video que apologiza el ser y el quehacer de la iglesia vaticana, intento desesperado de lavar su imagen con una triste campaña de mercadotecnia. Por otra, mi madre cuestiona mi falta de fe y los valores con los que actualmente comulgo, vivo alejado de lo institucional, tengo una existencia más espiritual, ecléctica y sincrética.
Creo en una fuerza creadora, entidad superior que nos permite gozar de paz, en comunión con la energía cósmica y el poder de la naturaleza.
Creo y eso debiera bastar, dado el momento que pasa el emporio clerical. ¿Cómo creer en quienes dañan, se solapan y protegen? ¿Cómo confiar en los que imponen pautas de comprotamiento a su feligresía y que son incapaces de cumplir? Me piden creer en quienes endiosan la codicia, especulando con la fe. En quienes desde el púlpito devoran con saña la carne de sus enemigos. Quienes han convertido en su lema la máxima: si no estás conmigo estás contra mí. Creer tan sólo por la palabra institucionalizada de Dios.
Respeto a quienes no piensan como yo y creen en cosas diferentes a las que yo creo, pero no cambio mis oraciones y mis plegarias, cuyo potencial es tan grande y fuerte como el mejor mantra budista, como si palabras en extrajero fueran más efectivas que las expresadas en nuestro idioma, como si la palabra importara más que el sentimiento que encierra, aprecio el ritual que me ofrece sosiego en los momentos difíciles, pero no por eso acudo semanalmente a las sucursales, para ser visto y sentirme parte de una conciencia colectivizada.
Creo y respeto, es lo que importa, es lo que debe importar a mi familia, que ahora se preocupa por mi espiritualidad, quizá como reflejo de sus dudas y sus miedos.

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